Lo que se vivió este sábado 15 de agosto de 2026 en el Templo Don Bosco de Altamira fue una verdadera fiesta de fe. En una mañana llena de emoción y profunda solemnidad, la Iglesia venezolana celebró la Misa de Ordenación Episcopal de Mons. José Manuel León C.P., quien asumió su labor como Obispo Titular de la Diócesis de Gigthi y Auxiliar de Caracas, junto a Mons. Dionisio Gómez, consagrado también como obispo en esta misma eucaristía.
El rito se desarrolló bajo la presidencia del Nuncio Apostólico, Monseñor Alberto Ortega, quien en representación del Sucesor de Pedro acogió la promesa de los obispos electos; además, contó con la presencia del Arzobispo de Caracas, Mons. Raúl Biord, junto a varios obispos procedentes de distintas diócesis de Venezuela, además de miembros del Consejo de Iglesias históricas y autoridades de las Iglesias Luterana, presbiteriana, Ortodoxa Antioquena y Apostólica Armenia. También asistieron delegados diplomáticos, como los embajadores de Portugal, Egipto y Japón, el cónsul de Portugal y el encargado de negocios de Estados Unidos.
La celebración estuvo llena de rostros conocidos, amigos de toda la vida y familiares que no cabían de orgullo. El calor humano se hizo sentir de manera especial con la presencia de la comunidad de la Parroquia Preciosísima Sangre, donde el nuevo obispo se desempeñaba recientemente como párroco. A ellos se sumó con entusiasmo la feligresía de las diversas comunidades de Maracay y Caracas, lugares donde sirvió años atrás y donde dejó una huella imborrable. Esta nutrida participación evidenció el gran vínculo de afecto, cercanía y gratitud que ha sembrado a lo largo de su ministerio sacerdotal.
Las primeras palabras de Mons. José Manuel León tuvieron mención especial para su hermana, quien estuvo a su lado en cada instante, siendo testigo cercano del momento en que las manos impuestas sobre él sellaron su destino como pastor.
Así mismo, hizo mención de sus hermanos de congregación que lo acompañaron en esta jornada y los que a pesar de la distancia, comparten también el lema que los acompaña en su mi misión “Tener grabada la pasión de Cristo en sus corazones”. Y acotó, además, que la causa de muchos males en el mundo se ha debido al olvido de la pasión de Cristo.
En otro orden de ideas, hizo un reconocimiento a la noble feligresía de Caracas, a este pueblo fiel, creyente y luchador. Agradeció sus oraciones silenciosas, el afecto manifestado y la alegría con la que ha sido acogido como obispo auxiliar.
En sus primeras palabras, reafirmó la convicción que orienta su propio andar: «No he venido a ser servido, sino a servir», un compromiso de abajamiento, escucha atenta y entrega sin reservas. Lema que cobra una urgencia ante la realidad de Venezuela, con sus dolores, sus luchas y su inquebrantable dignidad: que exige una presencia profundamente humana, fraterna y cercana. Explicó que, la Venezuela de hoy no necesita pastores distantes, sino servidores con corazón abierto, capaces de enjugar lágrimas, tender puentes, sembrar reconciliación y renovar la fe de un pueblo que no se rinde ni se rendirá ni siquiera por un terremoto.
Culminó sus sentidas palabras encomendándose a la maternal protección de Nuestra Señora de Coromoto y al patrocinio de Santa Carmen Rendiles y San José Gregorio Hernández.
Con el templo desbordado de aplausos y oraciones, Caracas recibió a estos nuevos pastores con la certeza de que su camino estará marcado por la cercanía, la escucha y el servicio incondicional al pueblo de Dios.